Si años atrás alguna publicación hubiese divulgado una Entrevista de Pablo Milanes como la de la revista Caña Santa de Toronto, lo primero, después de reírnos, claro, que hubiéramos leído serían las “aclaraciones” del artista jurando que en ningún momento había hablado de esa manera y que por lo tanto “alguien”(la prensa capitalista y desestabilizadora) había manipulado las respuestas.
Hoy este no es el caso y además de realmente no creer en la relevancia de todo lo dicho en ella, que nuestro querido Pablito a estas alturas nos venga con que el mundo no necesita de dictadores, de su visión “nuevísima” sobre dirigentes pasados de moda o hasta de su añoranza por una Cuba a la que indudablemente regresará en poco tiempo -no obstante sus criterios- me deja tan desconcertado como la misma entrevista.
Bajo los efectos súper-seductores del reencuentro con Pablo, muchos podemos caer en ese vacío despiadado que convoca a los cubanos a ponernos del lado de los que dicen (aunque sea a destiempo) “lo que no se puede en la isla” inclusive estando, ese quien lo dice, en la otra orilla y que además tenga el supuesto lujo - como Pablo lo ha tenido en los pasados 25 años - de abordar la nostalgia por una separación que no sobrepasa 30 días lejos de su tierra.
Nostalgia isleña, le dice, pero que colisiona con la realidad de aquellos que, tan artistas como él o no, han tenido que abandonar su país por decir o expresar lo que piensan, y en la mayoría de los casos, siendo los escritos o declaraciones, considerablemente más cimentadas o benevolentes que las del “suertudo”.
Pablo puede decir “ahora” lo que cree sin que ello le afecte su entrada a Cuba o el poder cantar en la tribuna de los “revolucionarios definidos”, sospechosamente eso hoy no le afecta como le afectó en sus (más de) 45 minutos de fama el llegar, o poder, inventarse una fundación bajo su nombre en Cuba que un día, por motivos misteriosos el sistema (económico, me imagino) le borro del mapa geográfico. ¿O no fue así?
A lo mejor, y desde ese entonces, cambió su manera de pensar, pero igual nunca hubo declaraciones de su parte, optó por el mismo escudo infranqueable de los isleños al tener que interactuar con esa compleja realidad y falta de pluralidad informativa que se cimienta en el rumor callejero: “el aguantar callado y quedarse tranquilo”.
Por eso, pocos se enteraron y así aparecía y desaparecía, como también muy pocos se podrán enterar ahora en Cuba de la confusión trascendental de Pablito al definir el exilio cubano como “económico” perdonando de alguna manera el calificativo que creó todo ese desbarajuste y división en cuba: la política. O, aún más, el hablar de la falta de una “verdadera” oportunidad y poder para con los negros de Cuba, lo que me pone a pensar si realmente yo nací en la isla donde los negros, mulatos, chinos, mestizos o blancos son del mismo bando.
Pero es la definición de lo verdadero, lo que no llega a esclarecernos un Pablo que parece más agonizando que oportunista momentáneo, en resumidas también nos habla de dirigentes de más de 75 años listos para el retiro que lidian, aunque no lo diga, con artistas jóvenes y de más de “66 años” que se comprometan a comportarse tranquilitos y que vayan para donde “la ola” los lleve mientras son premiados con el beneplácito gubernamental de entrar, salir, cantar o hasta hablar alguna que otra “bobería no tan dolorosa” de la verdad en la isla. Verdad a la que él nunca tuvo la osadía de encarar. Si, es verdad Pablo, todas esas cosas hace mucho tiempo se saben de Cuba y no hacia falta una eternidad para decirlas.
Por Ariel Valdés, escritor cubano radicado en Toronto

